Fuente: Extraído de artículo de Ramiro Calle en Universo holístico
http://www.reddevida.es/
Tomado de: http://www.periodicodecrecimientopersonal.com/ego-autoimportancia-y-narcisismo/
Hay que aprender a superar la
autoimportancia si uno quiere poner los medios para que la consciencia
siga evolucionando. Es esencial y necesario. Para ello hay que ir
descubriendo los trucos del ego y tener un entendimiento más correcto de
este gran falsario, que cuando lo buscamos no lo encontramos y cuando
no lo buscamos se nos impone y nos enreda con toda su burocracia, nos
encadena y obsesiona, nos turba de tal modo que perdemos la capacidad de
lucidez y nos ofuscamos gravemente.

El ego exacerbado es competencia
brutal y voluntad de poder, y dónde hay voluntad de poder nunca puede
haber amor y compasión, ni tampoco genuino afecto hacia nosotros ni
hacia los demás. El antiguo adagio reza: “Si quieres ver al diablo cara a
cara, mira tu propio ego”. Muktananda me decía: “Con demasiado ego
nadie puede ser feliz”. Pero como no podemos matar el ego, hay que
aprender a canalizarlo con sabiduría y obtener su lado cooperante y
constructivo.
El ego comienza a configurarse debido
a la identificación con el propio cuerpo , con la mente, con el nombre,
las propias ansiedades, expectativas, miedos y afanes. Y mientras
vivamos habrá ego, pero puede ser un ego funcional, como un fiel
secretario del que nos servimos para nuestro vivir cotidiano, o un ego
desmesurado, desorbitado, que nos hace ser extremadamente egocéntricos,
narcisistas e incapaces de ver (y menos, por tanto, atender) las
necesidades ajenas. Es un obstáculo muy grande en la larga marcha de la
autorrealización. Pero hay que ser sabio para saber manejarse con el ego
y no estar a su merced. Es un fantasma negro que todo puede anegarlo.
Origina ofuscación, avidez, odio, celos, envidia, afán de posesividad,
rabia, rencor y altivez. Y cuanto más ego hay, más surge en uno la
demanda excesiva y neurótica de seguridad, y uno se siente más inseguro,
teniendo que servirse de toda suerte de autodefensas que, al final, de
nada nos defienden y lo que hacen es bloquearnos y amurallarnos. El ego
nos hace suspicaces, recelosos, heribles. Tiene una afán compulsivo por
afirmarse y se aterra cuando se siente negado, rechazado o
desconsiderado. Debido al ego uno se cree con derecho a ofenderse por
todo y deja que surjan sus tendencias subyacentes de ira, afán de
venganza y rechazo. El ego excesivo es intolerante, dogmático,
irrespetuoso y proclive a hacer cargos a los demás y culpabilizarlos.
Tenemos que ir entrenándonos para que el ego nos sirva y no servirle
nosotros a él. La individualidad es hermosa, pero si se desmesura y da
riendas sueltas a la autoimportancia y al narcisismo, se torna fea y
grotesca.
En una sociedad básicamente
narcisista, el ego asoma por todas partes. También abundan, sobre todo
en el terreno espiritual y en el a veces muy turbio panorama de la
llamada Nueva Era, personas con un ego-rascacielos que entran en el
perverso juego narcisista del “yo sé y tu no sabes”, cuando en realidad
ni siquiera son capaces de darse cuenta de sus feas y abrumadoras
tendencias egocéntricas. No hay peor orgullo que el espiritual, que
puede conducir al fanatismo, el ciego proselitismo y la idea paranoide
de creerse más que los demás. El ego enfermizo en la mayoría de los
políticos o el afán demoniaco de poder de los banqueros, o el estilo
pavoneante de muchos famosos o famosillos, todavía no nos llama tanto la
atención como el ego desorbitado y esperpéntico que se da en muchos de
los llamados gurús, guías espirituales, representantes de terapias
alternativas (porque el ego de algunos médicos ya es bien conocido y
soportado) y supuestos “conectados” o “iluminados” que se presentan como
salvadores de almas o vivos exponentes espirituales. ¡Cuidado con el
narcisismo espiritual! Todos somos aprendices y todos tenemos que seguir
aprendiendo de todos a lo largo de nuestras vidas.
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Espero te sea de utilidad, Blanca
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